Pasé gran parte de mi vida pensando en el futuro. Haciendo los planes de lo que iba a ser mi vida futura, planeando con todo detalle cuáles iban a ser los pasos a seguir, de qué manera iba a actuar en cada momento, las claves que me llevarían a alcanzar todo aquello que quería tener en la vida.
A los 21 años escribí en una hojita las cosas que me hubiese gustado conseguir antes de cumplir los 31. El fin de semana ordené una de las cajas que aún tengo en casa desde la mudanza y la encontré. La lei y me sonreí por aquellos planes y aquellas previsiones con las que un día soñé, y por lo poco que se han cumplido.
En aquella hojita no escribí tener el trabajo que hoy tengo, ni vivir en la ciudad en la que vivo, ni tener el coche que conduzco. No escribí conservar los amigos que hoy conservo, (aunque sí algunos que se quedaron en el camino). No escribí levantarme cada mañana junto a la persona que me levanto, ni casarme con él. No escribí los viajes que he hecho, ni a las personas que he conocido en ellos.
A los 21 años tan sólo escribí cosas que hoy me parecen absurdas pero que entonces imagino que lo eran todo para mí, y que acabaron escapándose de mis manos; acontecimientos que era evidente que nunca ocurrirían, y que sin embargo yo estaba completamente segura de que llegarían antes o después.
Al final supongo que en algún momento acabé dándome cuenta de que lo mejor no era el futuro que estaba planeando, sino el momento que estaba viviendo en ese instante.
Es curioso como aquello de ensayo-error de Popper que nos enseñaron en el colegio se nos aplica tantas veces en la vida...